5. Desde la niebla.

La voz del almuecín se elevó profunda y noble llamando a la primera plegaria del día y rompiendo en pedazos el silencio que envolvía la mayor parte de la aldea, todavía, medio dormida. Nunca antes como aquella mañana las potentes palabras que parecían surgir de su interior habían adquirido un sentido más intenso para mí : “Alahu akbar…!Alahu akbar …!” ‘Dios es el más grande! Dios es el más grande!
Cuando el astro benéfico se alzaba tímidamente sobre el horizonte y derramaba sobre el mundo la luz y la vida, intuí que algo excepcional estaba a punto de ocurrir. Estaba sentado en el patio, bajo el toldo de espigas de mijo que resguardaba la parte delantera de la casa. Observaba embelesado la siguiente escena: en el patio de nuestra casa, la mayoría de los miembros de mi familia esperaban a que mi padre terminara su wird – invocación propia de los miembros de la cofradía Tijaniya a la que pertenecía, consistente en algunos casos en la recitación de los nombres de Allah.
Sentado sobre una fina piel de cordero, su noble rostro orientado hacia el este en dirección a la Meca, revelaba un profundo recogimiento interior. Envuelto en sus blancas vestiduras, desfilaba lentamente su rosario. Refulgía con la luminosidad  de la mañana como si de un ensueño se tratara. Clic, clic, clic… El hipnótico sonido de las cuentas de madera golpeando entre si, acompañaba rítmicamente el leve susurro de su declamación. La ilaha ila Allah, la ilaha ila Allah, la ilaha ila Allah. Serenidad y armonía eran los nombres de las notas de su oración.
Las gallinas escarbaban con su pico en busca de los granos de mijo perdidos entre el polvo, alrededor de los morteros. El gran gallo, amo del corral, lanzo un grito de alarma batiendo fuertemente sus alas. La combinación de movimiento, los intensos matices del color de su plumaje y la potencia de su canto, fueron percibidos por mí a través de las partículas del fino polvo que se alzó asentando en mi mente una imagen imborrable.
Era el principio del fin.
Los polluelos enfilaron atropelladamente hacia la parte del gallinero donde sus madres se dirigían a toda prisa, atentos al peligro que había sido anunciado. El alboroto de las aves hizo salir a mi padre de su recogimiento.
Mientras giraba su torso para ver con claridad lo estaba ocurriendo, empezamos a oir a lo lejos una cacofonia de gritos aún tamizados por la distancia. Gritos secos en bámbara. Sonaban como los graznidos de un cuervo herido, deformando la belleza del lenguaje al atravesar el filtro del odio y de la violencia.
Mi padre y sus dos hermanos que se encontraban a mi lado, reaccionaron rápidamente mandando a las mujeres y a los niños al interior de las habitaciones como medida de protección y saliendo de la casa reagrupándose al lado de sus vecinos varones.
Hechizado por la curiosidad, observaba entre las cañas de nuestra habitación como buscaban el origen de las crispadas voces, desorientados todavía entre la bruma que persistía con insistencia. Cuando de repenteaparecieron en fila, surgiendo de entre la niebla como pérfidos djins guiados por Shaitan, apuntando hacia un destino maléfico.
Iban en hilera guiados por un muchacho que no tendría más de 18 años. Mal vestidos, sucios y harapientos, tenían una mirada extraña, seria y grave. Esta mirada, no era propia de jóvenes que debían estar preocupados por divertirse y cortejar a las bonitas muchachas de sus aldeas.
Todos iban fuertemente armados. Algunos, con viejas pistolas de origen chino, otros con fusiles kalashnikoff ajados por el uso y el tiempo, y otros, con machetes y palos colgando de sus manos y cinturas. Sus miradas de ojos negros, oscuros como ciénagas, enunciaban que el miedo atroz y la angustia bailaban juntos en su interior un baile de muerte y de perdición, de odio, de abandono y de soledad. Vidas fanatizadas desde su tierna infancia y dirigidas por otros cuyos intereses posiblemente desconocían ellos mismos.
Pocos tendrían más de 25 años.
El que parecía ser el jefe, vestía una túnica de color crudo con abundante suciedad fruto seguramente de una vida dura, sin ningun tipo de comodidades. Su cabeza esta cubierta con un turbante azul marino, casi añil, que dejaba al descubierto sus ojos, su nariz y parte de la boca. Su joven piel cobriza estaba cubierta de finas gotas de transpiración. Me había contado mi padre que esta indumentaria era propia de los tuaregs del norte, de los que hablan tamazigh.
Su ceño fruncido y sus ojos inyectados en sangre, proyectaban un efecto maligno. Con paso rapido y decidido seguido de sus jóvenes soldados, avanzaba amenazante hacia el centro del poblado donde habían reunido a las familias.
Un silencio sobrecogedor se había apoderado de la inquietante escena y solo el tintineo del metal de las armas interrumpía el silencio. Fantasmagóricas sombras sobrevolaban el drama.
Armado con un viejo AK 47 que sostenía con su mano derecha y apuntaba de frente a la altura de la cintura, completaba su atuendo una bayoneta muy usada, colgaba de su hombro dentro de una vieja funda de cuero, como si de  una mochila se tratase.  Mi atención se fijo premonitoriamente en aquella arma.
Mi padre, valiente e indignado al mismo tiempo, avanzo hacia él enunciando la formula de bienvenida “Bismilahi” con la intención de parlamentar. Fue brutalmente abatido de un culatazo en pleno rostro.
Entre gritos de pánico y empujones nos hicieron salir de las chozas y agruparon a las no más de 30 familias que componían nuestra comunidad en el centro de la aldea.  El líder del grupo, situado en el centro y rodeado de sus acólitos, preguntó quién era el jefe de familia que es como se conoce también al jefe del poblado.
Nuestro querido y respetado Amadou Seyk, éste era su nombre, dio un paso al frente. Venerable anciano curtido por guerras y calamidades, sabio donde los hubiese, hacía años que recaía sobre él la elección y liderazgo del “Consejo de Sabios” que regía los destinos del pueblo y de sus familias. Impartiendo justicia, escuchando, aconsejando y velando siempre por el bienestar de los suyos. Mediando entre conflictos familiares, religiosos y étnicos. Tal era su cometido.
La supervisión de la educación tanto en el conocimiento del Corán, como en diferentes materias lectivas, como francés, matemáticas o gramática, recaía sobre sus responsabilidades.
Escuche sin querer el comentario  que hizo mi padre a mi hermano Hamady en voz baja y grave antes de ser derribado. Lo escuche en el momento en que el grupo rebelde estaba entrando en el pueblo y me dejó absolutamente petrificado. Mis piernas se negaron a moverse y  sentí como si el tórrido harmatán, el viento proveniente del inhóspito desierto del norte, hubiese detenido no sólo el latir de mi corazón, si no que se hubiese llevado mi espíritu -al-rough – como se pronuncia en árabe  que representa a aquella parte de nosotros que siendo parte de Dios, nos es insuflada en el momento de nacer.
“Pido a Allah, que nos proteja -dijo mi padre. Éstos que han llegado no perdonarán nada. Están poseídos por Shaitan. (Satanás en español) “Al-hamdu lilahi rabi al-alamin “(Alabado seas, Señor del Universo).
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